Los primeros documentos escritos que relatan prácticas
homosexuales provienen de Grecia, donde la homosexualidad masculina era una
práctica muy arraigada. Y aunque en menor grado, también hay escritos que
confirman la existencia de lesbianismo en la antigüedad.
En Roma la aceptación de la homosexualidad varió a lo
largo del tiempo. En época de la República, practicar la homosexualidad podía
incluso llevarte a la muerte, pues era penada con la Lex Scantinia (la cual la consideraba una conducta desviada de los
griegos). Sin embargo en la primera época del Imperio, fue una conducta
aceptada y practicada incluso por emperadores.
El primer emperador que se unió en matrimonio homosexual
fue Nerón, que se casó con tres hombres sucesivamente y con dos mujeres. También
es muy conocida la trágica historia de amor de el emperador Adriano y su joven y
bello amante Antinoo, quienes estuvieron juntos alrededor de seis años. En uno
de sus muchos viajes, Antinoo murió ahogado en el río ante la mirada de
Adriano. Ante este trágico final Adriano ordenó erigir mausoleos, frescos,
monedas y sobre todo esculturas con su rostro para conmemorarlo, se le rindió
un culto que se postergó a lo largo de las décadas, e incluso le dedicó una
ciudad llamada Antinoopolis. Muchos de los retratos que se hicieron de él se
han conservado hasta nuestros días, y ha sido una figura muy representada en el
arte.
En Roma sobre el año 200 d.C. incluso había una calle
donde se concentraban los prostitutos masculinos.
La aceptación social de la homosexualidad comenzó a decaer desde mediados
de la época imperial hasta que con la llegada del cristianismo el emperador
Teodosio I, en el año 390 de nuestra era, la volvió a condenar con la pena de
muerte. La misma legislación mantuvo Justiniano I desde el año 538 d.C. hasta
la caída de Constantinopla en el año 1453.